Una revelación…

— Estoy teniendo un problema a la hora de realizar mis actividades. Durante el día, a la hora del trabajo, en la comida, en una junta, cuando debo mantener una conversación y, en el peor caso, cuando quiero dormir. Una canción cualquiera, porque no siempre es la misma, se me mete en los oídos y no la puedo sacar de ahí, por más que intento no puedo evitar escucharla, a veces hasta tarareo otra o pongo música pero nada logra sacar la canción que me causa conflicto, nada me hace dejar de pensarla. Estoy desesperado, ¿qué debo hacer?

— Te está hablando el subconsciente, dime, ¿porqué no lo escuchas? —dijo mi pequeño gurú.

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Las letras que no ves…

En las letras que escribo existía una intención natural, un deseo honesto y sincero, el de conocerme un poco más.
Lamentándome ante este teclado debo confesar que me siento abatido por todas las palabras no confesadas, por todas las ideas reprimidas, por aquellas sensaciones ocultas y esas intenciones sin objetivo.
Me siento ofuscado, por las letras que no ves.

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El juego de ajedrez…

En un tiempo que mi deporte favorito era el ajedrez, el cual practicaba entre clases con mi amigo Marco, mejor conocido como “el Montero”, por su apellido, desarrollé un estilo de juego conocido pero poco usado, que consistía en hacer que el rival rompiera las reglas básicas para el dominio del juego, a costa de sacrificar las propias piezas. Dando como resultado, un oponente superior en número, inferior en acción y desarrollo.

Recuerdo que un día llegaron a la escuela, unos “maestros” del ajedrez, donde se realizó un torneo en el que participé. Tuve la oportunidad de compartir el tablero con uno de estos maestros, el más joven, si cabe mencionar, que al parecer seguía aprendiendo del de mayor edad.

Durante la evolución del juego, recibí indicaciones del maestro, como: “no debiste sacrificar esta pieza”, “no debiste regalarme esta otra pieza”, y exclamaciones de sorpresa ante mi aparente juego sin objetivo… El objetivo se estaba cumpliendo, dando una sorpresiva, para mi oponente, pero muy efectiva derrota.

Me sentí seguro de mi estilo de juego, lo mejoré, hice estrategias, planes a seguir. Mi amigo Marco tenía un estilo muy diferente y por alguna circunstancia nuestros encuentros iban pareciéndose cada vez más al anterior. Al punto de saber quien iba a ganar la partida a mitad del juego.

Un día hubo un encuentro de partidas simultáneas, organizado en el centro de la ciudad, donde 25 jugadores nos enfrentábamos a un solo maestro. (Esta situación repetida 64 veces, 64 maestros contra 1600 participantes).

Recuerdo que utilicé el mismo estilo de juego, poco común, nada conservador, arriesgado y sin sentido (al parecer). Y este maestro llegaba frente a tu tablero, esperaba que hicieras tu movimiento, pensaba, hacía el suyo y se iba. Al ver los movimientos que yo hacía, recuerdo su gesto de sorpresa por mi movimiento y en tono de burla tomaba mis piezas, una a una. Él jugaba muy conservador.

Después de algunos movimientos, lo tuve en una posición muy comprometedora, donde ahora a la inversa, él debía sacrificar muchas piezas si quería seguir en el juego… Dudoso de que esa hubiera sido la posición de las piezas del juego, me cuestionó si en algún momento moví las piezas de lugar…

Le mostré una hoja donde fui anotando los movimientos del juego, le di el historial de los movimientos anteriores… Aceptó que ese era el juego que llevabamos y se dedico a hacer los movimientos, únicos y sin opción que debía hacer.

Sentí un gran placer, imaginándome victorioso. La victoria estaba muy cerca. No había duda. Mi juego daba resultados!

Cuando fui superior en posición estratégica, dominio del juego y número de piezas, cometí un error. Cambié mi modo de juego. Ahora quería conservar las piezas que tenía, quería refugiarme, protegerme, preocupándome por no perder el juego. En lugar de dedicarme a terminar el juego, a ganarlo.

Este estilo de juego era nuevo para mí, no para el maestro que jugaba de ese modo. Finalmente caí derrotado.

Sólo una frase del maestro al terminar la partida… “pudiste haberme ganado”

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Y caminar, sin mirar atrás, escuchando…

Y caminar, con la sensación de desnudez, de libertad, en el inmenso espacio que ofrece esta playa, sin mirar atrás, con el sol de testigo, con las aves de cómplices, con el mar en un costado, escuchando su vaivén.

Y sentirte solo contigo, disfrutando de la compañía más agradable que puedas encontrar, liberando el pensamiento, los prejuicios, las dudas, seguir caminando, luego empezar a correr.

Sin tener en mente un destino, seguir corriendo, dejarte llevar, soltarte, luego, gritar. Hacerlo lo más fuerte que puedas, soltarte, volver a gritar. Toser. Sacar todo, soltarte, volver a toser. Gritar, caminar.

Y luego, volver a empezar.
Oscar Guzmán

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Me gusta tu fuerza

Me gusta tu fuerza,
el abrazo de saludo,
el beso en despedida.

La mirada de tu charla,
Tu idea, tu duda.

Lo real de tu franqueza,
tu persona.

Oscar Guzmán Rodarte

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A quien tanto desprecian…

Lo debía escribir, con poca poesía para darle credibilidad, con algo de verso para hacerme pensar.

La suerte, ya tan despreciada por quienes no la conocen, por quienes la confunden; ellos que te desean éxito en lugar de suerte. A fin de cuentas, un problema de lenguaje. No existe la buena y la mala suerte, en cambio existe: la suerte y la falta de.

La suerte, como la coincidencia de eventos o situaciones que permiten el buen logro de un objetivo. La providencia. Punto al que se refieren aquellos que te desean éxito, claro que, omitiendo el deleite de la historia acontecida.

Y en esta idea mía, habrá puntos ciegos que no he notado, y que tú, pensador del éxito sobre la suerte, habrás de descubrir y echarme en cara. Pues bien, sólo te digo que, de ocurrir eso, tendrás el éxito de haberme puesto en evidencia. Enhorabuena!.

Yo tendré la suerte de haber compartido mi idea contigo.

El que tenga oídos, oiga.
Oscar, en el camino helado.

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Fantasía poderosa…

Desde que soy un niño pequeño, he tenido el consuelo de imaginar que tengo poderes cuando alguna situación me rebasa en cualquier sentido. Cuando los chicos en la escuela eran más grandes que yo, imaginaba, al llegar a casa, que pude haberles hecho daño si hubiese utilizado alguna técnica karateca, controládoles con un poder mental, o habládoles al oido exponiéndolos a una amenaza que implicara hacerles pasar el peor de los ridículos.

La verdad es que eso no sucedió nunca. Me mordía los labios, guardaba el dolor y pretendía que esto no había sucedido jamás.

Cerré la boca, abrí los ojos, agudicé el oido y preparé las piernas. Venía la situación incómoda, callaba!, veía la mejor posibilidad, escuchaba atento el momento preciso y bam! A correr!… Pero los problemas saben correr más rápido.

Maduro, con fuerza, preparado y con experiencia. Enfréntoles de frente ahora, con la fuerza de la tierra, bien plantado, bien firme. Rígido, frontal, poderoso… Así lo pensé antes de verme desmoronado sobre la misma tierra de donde tomaba la fortaleza.

Y quizás no evite, elimine o me libre de los problemas pero aprendí que no hay una fórmula para todos aunque sí una lista de opciones de dónde elegir, algunas mejores, algunas peores, de acuerdo a cada situación.

Esta vez nada me lastimará o hará sentir mal, ya no hay manera que me tome nada por sorpresa. Me adelantaré a todo lo que se me presente. Con esta, mi habilidad para ver el futuro.

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